miércoles, 1 de octubre de 2008

Una herida abierta











A 40 años de la matanza de Tlatelolco se suman nuevos testimonios sobre lo que nunca debió pasar y las interrogantes siguen en el aire




Reportaje publicado en El Siglo de Torreón el dos de octubre de 2002





TORREÓN, COAH.- Han pasado 34 años y la herida no cierra aún. Tlatelolco le llora a los jóvenes caídos la noche del 2 de octubre de 1968. Y no sólo fueron jóvenes, también murieron niños, mujeres, ancianos. No hubo distinción de raza, sexo o edad.
Había que aplacar los ánimos del pueblo, que empezaba a despertar hacia los ideales de la democracia y de la plena libertad de expresión, sin importar a costa de qué. Y el precio lo pagaron ellos: los que se reunieron para exigir sus derechos, los que estaban ahí por curiosidad, los que estaban en el lugar y en el momento equivocado.
Muchas son las historias que se han contado. Quizás sean más las que se han callado; las que se han mantenido al margen de las revistas o de los noticieros. Ésas son las que hace falta contar, con la esperanza de que no se pierdan en el tiempo, en el egoísmo de las nuevas generaciones. Para los que viven lejos de la capital y nacieron varios años después, resulta difícil imaginar la magnitud del hecho. Para ellos, el testimonio de alguien que, aunque es “defeña” de nacimiento, es lagunera de corazón porque habita desde hace tiempo en esta región. En 1968 ella tenía apenas 16 años de edad. Antes del 2 de octubre, sus pensamientos estaban concentrados únicamente en la Olimpiada, en la que habría de participar como edecán. Después de ese día, su vida nunca volvió a ser la misma. Su nombre: Querube Lizárraga de Medina, quien actualmente es presidenta de la Sociedad de Escritoras Laguneras.
“Marisela era mi compañera de prepa, era hija de un médico militar, que creo tenía como ‘segundo frente’ a su mamá porque los soldados, por lo general, viven en colonias militares y ellos vivían en Tlatelolco. Marisela era muy bonita: tenía su pelo largo, precioso; era una niña muy dulce y tierna. Ella cumplía años el 2 de octubre”.
Como a eso de las 4:00 de la tarde, llegaron Querube y otros ocho compañeros del primer año de la Preparatoria 8 de Coyoacán a la fiesta de Marisela, quien vivía en el primer piso del edificio que estaba detrás del Nuevo León.
Llegaron hasta ahí caminando desde Garibaldi, pues la circulación de coches estaba cerrada en un amplio perímetro que rodeaba a Tlatelolco. Ellos sabían que habría un mitin esa tarde en la Plaza de las Tres Culturas, pues días antes los líderes del Consejo Nacional de Huelga (CNH) se habían encargado de divulgarlo a través de volantes.
“Había muchísima gente, a la plaza estaban concurriendo familias completas; era como una fiesta, porque los mítines habían sido tan bonitos: siempre en un ambiente festivo, los líderes nos decían que había que guardar el orden. Nunca pensamos que pudiera ocurrir algo extraordinario.
“Nos dimos una vuelta por la plaza y vimos dónde estaba el foro de los oradores en el tercer piso del edificio Chihuahua, luego subimos a la fiesta para esperar que el mitin empezara; estábamos en la pachanga y de repente empezamos a oír los disparos. Las ventanas de la casa de Marisela daban hacia la calle de atrás, entonces nos asomamos y vimos el corredero de gente. Me acuerdo que su papá nos dijo ‘al suelo, todos al suelo, pecho a tierra’. En uno de los valientes atisbos que daba, pude ver esos camiones del ejército que son como de redilas, en los que se alcanzaban a ver los pies de gente que echaban ahí. Ésa es una de las imágenes más dramáticas que guardo”.
Dos de los muchachos que estaban en la fiesta, se envalentonaron y quisieron salir a ver qué pasaba. Por más súplicas de las jóvenes, ellos no se detuvieron y jamás los volvimos a ver. Toribio Quezada Ruiz y Arturo Garza de los Arcos eran los muchachos más grandes de la fiesta. Toribio era un muchacho muy deportista. Arturo era de Monterrey y sus papás hacían un gran sacrificio por mantenerlo en el Distrito Federal.
“Eran muchachos buenos, muy guapetones: Arturo de ojos amielados, con cara de niño bien y cabello lacio, con su copetito, no era rebeldón; Toribio altote moreno, tosco, el clásico chilango, de cabello chino”.
Ellos formaban parte de la flota, como antes se le decía al grupo de amigos; eran jóvenes sencillos y humildes. “Cuando ellos se salieron no sabíamos qué hacer, estábamos aterrados. El papá de Marisela nos dijo que no nos moviéramos, llegó gente golpeando las puertas, vestidos de soldados con sus cascos.
Encañonándonos nos hicieron para atrás, salió el papá y les dijo ‘es que estos muchachos están fuera de esto, ni siquiera son universitarios’. Sacó una credencial y un kepí (sombrero militar) y se puso a hablar con esa gente. Nos dijo ‘no se vayan a mover de aquí hasta que vuelva’, lo que hicimos fue juntar todos los muebles atrás de la puerta. Él nunca regresó sino que mandó a alguien por nosotros, fue cuando la señora nos dijo ‘salgan y ustedes dicen que son la familia del teniente coronel, no recuerdo el apellido, y se van junto con Marisela’”.
El tiroteo había iniciado cerca de las 6:00 de la tarde y se prolongó durante toda la noche. La mamá de Marisela, Querube y las otras amigas permanecieron ahí durante todo ese tiempo y hasta el viernes 4 de octubre. No había servicio telefónico, ni luz, ni siquiera habían podido avisar a sus familias que estaban bien.
Tampoco había agua, por lo que la dueña de la casa les dijo que había que racionarla. La despensa estaba un tanto vacía, sólo contaban con los sandwiches que se habían preparado para la fiesta.
“Salimos como a las seis de la mañana, y vimos todo rodeado de soldados, estaban lavando las paredes de la iglesia (Santiago Tlatelolco) con esos cepillos de henequén duros. Había sangre por todos lados, chorros de sangre embarrados en las paredes, como que pararon ahí a la gente.
“Forzosamente teníamos que pasar por la plaza, había zapatos de todos los colores, sombrillas, revistas, como que hubo una desbandada y la gente aventaba todo lo que traía. Todas estas cosas todavía estaban el 4 de octubre. Olía horrible como una mezcla de todo: sangre, sudor, pólvora, mugre, que te asqueaba”.
Cuando las amigas de Marisela finalmente pudieron salir de Tlatelolco, se pudieron dar cuenta de que la zona estaba cercada. Querube tuvo que caminar desde Tlatelolco hasta su casa que se ubicaba en la colonia Del Valle: “Me tardé como dos horas, con un terror de que me podían matar en cualquier momento, porque dicen que los mataban por la espalda”.
Luego de dos semanas, regresaron a la escuela y empezaron a platicar de lo que había pasado. Antes ayudaron a los familiares de Toribio y Arturo a buscarlos en todas las delegaciones y hospitales, pero nunca encontraron nada. Los documentos escolares habían sido eliminados, todo indicio de ellos había desaparecido al igual que sus cuerpos, como si nunca hubieran existido.
A lo largo de estos 34 años, se han narrado historias parecidas: los hombres del guante blanco; los jóvenes detenidos y llevados al Campo Militar No. 1 o al Palacio de Lecumberri; los más que nunca volvieron a ser vistos. Pero, luego de tanta revisión histórica; del debate sobre la culpabilidad de las autoridades de ese tiempo; y del famoso parteaguas que es el 2 de octubre en
la historia de México, surge una interrogante: ¿Valió la pena el sacrificio?
“Los ideales, los valores, lo que tu crees que debe ser, lo que vives en tu casa, el país que deseas tener, todo eso es importante. Pero ninguna muerte lo justifica. Mis amigos eran muchachos buenos, hermosos, con planes de vida y unos desgraciados vinieron a matarlos y perdieron todo”, concluyó Querube Lizárraga, una más de los miles de protagonistas que todavía tienen algo qué agregar en el capítulo inconcluso del 2 de octubre del ‘68.





LAS DEMANDAS
El Consejo Nacional de Huelga (CNH) dio a conocer el domingo 28 de julio de 1968 el siguiente pliego petitorio:
1. Desaparición de los grupos políticos dentro de las universidades y demás instituciones educativas.
2. Indemnización a los estudiantes heridos y a las familias de los desaparecidos.
3. Libertad a los presos políticos.
4. Desaparición del cuerpo de granaderos y destitución de los jefes policíacos del gobierno capitalino.
5. Derogación del artículo 145 del Código Penal, en el que se prohibían las manifestaciones sociales.




RECUERDOS
“En uno de los valientes atisbos que daba, pude ver esos camiones del ejército que son como de redilas, en los que se alcanzaban a ver los pies de gente que echaban ahí. Ésa es una de las imágenes más dramáticas que guardo”.
QUERUBE LIZÁRRAGA DE MEDINA,
TESTIGO

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